Atletismo de Fondo

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Los pensamientos de un corredor popular de maratón

Novela de Miguel del Fresno, relata los pensamientos de un corredor popular de maratón, describe de una manera exquisita cada kilómetro de la carrera y va relatando los pensamientos del corredor, que van asociado a sus dolencias físicas y se cruza con todas esas ideas que a todos nos pasa cuando estamos en esos kilómetros avanzados del Maratón, o en esos largos fondos de entrenamiento y completamente solo, con lluvia, frío, calor, en la ciudad, u otros lugares.

 

 

Hay cosas que no se pueden contar; otras que no se saben contar o se pierden en el tránsito a palabras. Quien corre sabe que nunca se va a ninguna parte y que no se viene de ningún lugar. Cuando corres no corres contra nadie; solo, contra ti. No serán más de diez o doce los que corren para ganar; los miles restantes solo contra vosotros mismos. Ni lluvia, ni calor, ni frío, apenas el viento te detienen, algo te empuja a la espalda, te hace mirar quizás desafiante a quienes te acechan desde los coches, desde autobuses, desde… resguardados de sí y de todo lo demás. Un corredor de fondo alcanza las distancias: que es bastante más que correr, corres por una necesidad que apenas adivinas cuando te oyes respirar, con cada zancada, con cada kilómetro. Quien corre un maratón sabe tanto como desconoce, acabas sabiendo como poco que la carrera no comienza en la salida, que la meta no es la meta donde nada acaba, y correr siempre es más que correr.

Un vínculo con algo que cada uno tenemos, aunque no lo sepas, aunque no lo creas posible, el enlace con algo aunque te parezca inecontrable. Simplemente.
No sabes, quizás, cómo creció y durante cuánto creció sin que lo supieras la idea del maratón. El día que decides comenzar a correr para, al cabo de un año, ponerte en la línea de salida no lo revives. Hay un antes y, otro, después en cada uno que ha terminado. Es difícil de creer que no importen los mil kilómetros necesarios de preparación para correr por primera vez poco más de cuarenta y dos. Pero la carrera no empieza en la salida el día último, empezó en el primer pensamiento, en la visualización primera; e incluso antes de ponerte el primer par de zapatillas, aunque no lo sepas cuando lo haces.

Emil Zatopec

Emil Zatopec

 

La fortaleza para tener como meta la salida es más necesaria cada metro, y son días y semanas y meses, para cuando llega el día; veces que te has imaginado alcanzando esos últimos kilómetros, los últimos, centenares de pensamientos alrededor de problemas, las lesiones, la carretera, el tiempo, la preparación, todo es maratón, no hay atajos a los últimos metros; te alcanzan, cosas así; y te sobrepasan.

Cuando corres no vas a ningún lugar físico, pero sigues de frente, unos kilómetros tras otros; es algo que no se puede humillar sin más bajo el principio de causallidad. No vienes de ninguna parte especial y tampoco tienes conciencia de ir a hacia ninguna otra diferente. La meta, no, la mente no es más que el paso de otro kilómetro, otra hora más. Una zancada de un metro, no calculas golpear el suelo más de cincuenta mil veces; no hay carrera, es tú carrea. En una columna de prensa alguien escribió ¿porqué corren? no se corre por una razón, solo corres por correr, se respira para respirar, no hay una razón especial ni diferente, es imple; y solo corres por correr.

Correr por la mañana o por la tarde o por la noche; lloviendo, con calor, con frío; con la boca seca; con dolor, con dolores; despacio, más despacio, más rápido; cuestas, planos, pendientes; sobre hormigón y asfalto o hierba y arena o tierra y aceras, calles, parques, campo, playas… Una de las cosas más difíciles de alcanzar es aprender a parar, la mente va por delante de tu cuerpo, empuja más, siempre te exige un metro o un minuto o un esfuerzo adicional; es difícil aprender a escuchar, a escucharte, a tu cuerpo tan supuestamente familiar y tannuevo cuando te inicias en el fondo, a las rodillas, a las piernas, el cuello, escuchar lo que nos trasmite, no se puede ni se debe correr como quiere tu mente, siempre te llevará hasta la lesión, al dolor, al límite para que lo dejes, un mecanismo de defensa que te exige más de lo que puedes para obligarte a que dejes de correr; definitivamente.

Ahora lo sabes, cuando hay un día que no puedes correr te sientes inquieto, luego soñarás que corres. Apenas. Nada más

Un maratoniano se obstina en buscar, no necesitas reconocimiento externo ni ninguna razón para continuar; correr es tan antiguo como la supervivencia, es información genética, es herencia y aprendizaje; de alguna forma lo encuentras dentro; lo reconoces; y lo respetas.

El cuerpo se desvela en clave; de forma codificada al comienzo, es necesario desaprender lo que crees de tu cuerpo para aprender más, poco a poco te inicias en comprender qué significa cada pinchazo en el muslo o el brote súbito de dolor o porqué pesan tanto hoy las piernas y otro día la agilidad parece tu nombre. Tienes que tener paciencia, inteligencia y estar dispuesto a aprender; y escuchar para descifrar, a parar, a dejar de correr en el momento justo, ni antes, ni tarde, será prueba de que has alcanzado algo ya; una lucidez permeable a ti mismo.

Pensamientos esparcidos… que se envenenan con kilómetros, con las lesiones, con las ampollas. Inquietantemente; el dolor del entrenamiento provoca raras revelaciones, te acerca a límites, puede llevarte a una lucidez no fácil de comprender. Cuando desde un autobús te miran correr en paralelo a ellos durante metros bajo la lluvia, en su perplejidad tras el cristal parecen compadecerte; y solo le devuelves un inicio de sonrisa, con cierto sadismo.

Sales a la calle y pones rumbo hacia cualquier dirección, vas dejando que los pasos de peatones sin coches o los semáforos en verde te marquen el trayecto, cruzas de reojo a todas las direcciones; sino giras por la acera en una nueva dirección. Correr no mucho más de una hora puede llevar lejos: encontrar un sitio, otros días repetir un trayecto, es imposible cada día perseguir las mismas zancadas, idéntico camino sin agotarte; se trata de encontrar solo el túnel de ese día.

Cuando entrenas apenas escuchas la ciudad, te oyes pensar, nunca habías imaginado que las ideas fuesen tan sonoras acaso, gana volumen lo mínimo, aparece lo inverosímil, casi, auscultas en el instinto; apenas tienes otras oportunidades, no muchas, donde poder, escuchar despacio mientras aceleras al doblar una calle, adivinas el color del semáforo, el calcetín como se empapa, vigilas a ese taxista que te vigila al cruzar; apenas de reconocerte la voz si le contestas el insulto, es como atender a quien te cautiva con lo que no dice y, casi todo, le adivinas; y sigues hacia allá entre la ciudad.

La incertidumbre es como las sombras: ensucia; en cada carrera te lleva a rituales, ordenados de nuevo como lo fueron una vez, ese orden que provoca una realidad del mundo que hizo de aquella carrera una carrera única, que esperas repetir. Tus ritos previos a las carreras, café solo sin azúcar y un par de plátanos, beber agua, orinar antes varias veces imprescindible, en carrera habrá que hacerlo (es lamentable pero incomparable con las micciones de los perros de solo un dí­a en una ciudad); los calcetines al revés para evitar que las costuras provoquen ampollas, los pantalones gastados que se ajustan mejor, algo de vaselina entre los dedos de los pies, en los pezones también, las zapatillas se anudan de una forma precisa para impedir que los cordones te golpeen o se aflojen durante la carrera, tampoco apretarlos mucho, el pie se dilatará y puede llegar a sangrar, rozaduras lo menos… hay quien calienta hasta cansarse, hay quien apenas estira ni calienta, ya habrá tiempo durante los kilómetros para calentar músculos, alcanzar la distancias supone un ejercicio de minimalismo, la mí­nima ropa, la máxima concentración… la forma del dolor no la eliges, no es optativo…

Correr al amanecer

Un maratón, lo sabes, sino lo sabrás, es una lesión en sí misma, pisas sobre las zancadas de otros días, de otros corredores; o dentro de tu cabeza, dentro de tus pensamientos, dentro del viento, dentro de los musculos, dentro del tiempo, dentro del invierno, del verano, dentro del deseo de rendirse, dentro de la lluvia, dentro de la distancia, dentro del sudor, dentro los latidos, dentro de los huesos, dentro de un sueño, dentro de tí: un millón de golpes contra el suelo.

El dialogo de silencio se multiplica de forma inesperada, hay calmas, hay asentimientos, dudas, aprensiones, reservas, desconcierto, verborrea, cierta perplejidad… zancada a zancada; y fuera todo sigue igual.

Los perros son provocadores intrusos, inoportunos, imprevisibles y cicateros, como sus dueños parecen regocijarse en sus cabeceos bajos que son más una advertencia, de ambos a quien corre, que una reprensión al perro, escondiendo el rostro sin mirarte con expresión ajena o ausente; y mientras, él o ella aguanta con repugnancia mal disimulada la correa, justo solo lo suficiente, para que adivines o presientas la inminencia de la amenaza o te silbe más que el aliento y el aire vacío de la mandíbula, el ladrido o las babas cerca de las rodillas o el tobillo. No hay forma de adivinar qué perro se va a lanzar a tu paso, nunca estás seguro de que la correa no sea lo suficiente corta o resistente o por azar resbale tan fácil de la mano demasiado rápido, que te alcance la dentellada matemática, por lo corriente solo alcanzan a morder el vacío que acabas de dejar tras ti. A veces, cuando pasas corriendo a su lado, lo indescriptible sucede, vacío de pensamientos, no te detectan: ni el perro… ni el amo.

La única conciencia de masas que tienes en un maratón es en la salida entre miles, en los últimos minutos crece un rumor tenso que se va haciendo cada vez más espeso hasta convertirse en un grito tensado entre todas las gargantas, nunca sabes porqué se grita ni porqué se aplaude pero pasa, siempre, forma parte de la espera, de meses imaginando ese exacto momento, de la presión del minuto, estás, todo lo que has hecho en el ultimo año te ha llevado allí. Cuando suena el disparo de la salida empiezas a saltar sobre el mismo lugar un buen rato hasta que puedes, al cabo de unos minutos inacabables, dar la primera zancada. Huele a linimentos, hay voces por cualquier razón, muchos hablan, no importa ahora no importa sobran las fuerzas; luego, poco a poco, no hay grupo, la realidad no alcanza mucho más allá de los próximos veinte pasos y del sonido de los golpes sobre el asfalto de un animal único. El silencio se irá adueñando de las fuerzas y el ensimismamiento te llevará dentro de tí; tú, la carretera, correr un día sin coches, sin semáforos, el reloj marcando, la respiración, todos los kilómetros por delante y nada más: tú; y la carrera.

Después de los primeros kilómetros solo hay silencio, respiraciones, escupitajos, los primeros vómitos, maldiciones, y de vez en vez ves o sientes el sonido de la gente que aplaude o parece gritar a tu lado para darte ánimo. Lo consiguen.

Pensamientos perecederos, crípticos, insólitos, iluminados, clarividentes, trazos de pensamientos, breves discursos, hiladas de ideas que no se siguen, imágenes, sensaciones, recuerdos, fragmentos, punzadas, visiones, se ahoga la coherencia… es la alternativa al vacío, tu segunda piel, una membrana, un líquido amniótico, una placenta, un caparazón translúcido que te hace poder avanzar los kilómetro de dentro, sin saber, ni querer, apenas, solo voluntad.

Corres con el frío, días como hoy son menos días de ciudad, hay una calma real, corres solo dentro del invierno, como estar en casa, dentro de tí mismo, una mínima distancia de separación que te ofrece una refulgencia de conciencia, perecedera de tu realidad, de quién eres y qué dentro de orden o desorden aventajado estás arrojado.

Corres por un sentimiento particular, intransferible, entrenar, la carrera no es solo correr, el maratón no es la ditancia; ni tiempo, es algo que forma parte de tu vida como un órgano más de tu cuerpo; también es una sensación compartida por decena de miles de personas. Simultáneamente es compartida y única: la liberación, el logro de haber terminado la primera maratón. Se disfruta tanto imaginando y corriendo durante meses como cuando finalmente te enfrentas al último kilómetro… tenlo presente tu no elijes, eres elegido.

Las piernas te gritan, el estómago ruge, creerás recordar haber sentido dolor en el pelo, sentir el calor de las ampollas o de la sangre entre los dedos de los pies, una nueva conciencia de cuerpo se alcanza… La voluntad domina la materia en la que se convierte el dolor, el esfuerzo se convierte en materia, la tenacidad en energía, los pensamientos y la saliva son un mismo elemento a partir del kilómetro treinta; el muro no es un muro es materia; y todo se mezcla y todo es materia

Correr está al alcance de todos, mujeres y hombres, no importa prácticamente la edad, es una razón mucho menos excluyente de lo que podría parecer, no se necesita un equipo especial ni caro, se puede entrenar casi en cualquier sitio, no hay limitaciones meteorológicas para correr, el único límite está (y estará) en tu mente… un maratoniano es quien llega corriendo a la meta que imaginó dos mil kilómetros antes; no hay frontera, el límite eres tú.

Se puede recordar, pase el tiempo que pase, las sensaciones con una minuciosidad exuberante, los momentos exactos de las lesiones, las sensaciones óptimas de las mejores carreras, el pletórico momento de cruzar una meta. La memoria no te defiende de nada.

¿Recuerdas cuando el sol estaba tan alto que nuestros cuerpos no tenían sombras? Corríamos, todos, juntos, levantando con las botas el polvo que respirábamos, aliento también de sílice, seco, duro. Un grito nos perseguía en la nuca. Lo obedecíamos ciegos y mudos e inflexibles a zancadas rítmicas, monótonas, golpes más sordos, más profundos, deshidratándonos rápido… izquierda, derecha, izquierda, derecha, girando alrededor del campo de fútbol desdibujado con dos porterías oxidadas, un campo para supervivientes. Perdiendo los rostros del resto. Soplando a la gota de sudor ácido que se detenía cerca de los ojos, bajando por la nariz, seguíamos respirando polvo, todos y solos. Y aquel hombre insultado entredientes por todos y cada uno, nos gritaba más inmóvil y nos mantenía corriendo, una y otra vuelta, una y otra vez.

Corríamos con sol, con lluvia, con frío, con hielo, y la mayoría de las ocasiones con el equipo reglamentario, todos iguales, todos unos tras otros, en parejas, al mismo ritmo, al mismo paso, al mismo pensamiento; resistiendo siempre, aguantando más, para que no hubiese ocasión de que aprendiesen tu nombre; y te persiguiesen con él mientras corrías, tras ti. Corríamos por las mañanas, por las tardes, por la noche como castigo si le apetecía a alguien disfrutar viéndonos correr, al paso, siempre ordenados, volviendo y desecando nuestro pensar, que sintiéramos nada al mismo ritmo, que todos aprendiésemos lo mismo, que dejásemos de ser al mismo tiempo mientras corríamos.

Corríamos los lunes, los martes y los miércoles, también los jueves y los viernes, acaso algunos sábados y los domingos si permanecías allí corrías para ir a misa, corríamos por la mañana, por la tarde y por la noche al comedor para coger sitio y no ser el último de la mesa y poder comer, corríamos a cambiarnos tres o cuatro veces de ropa, corríamos a la ducha para tener agua caliente y corríamos a lanzarnos dentro de la cama por la noche, saltábamos de la cama si había pasado ya mucho de las siete de la mañana y alguno venía a la caza de gente rezagada para encerrarnos el fin de semana. Y aun soñábamos corriendo con que no estábamos allí, y el viernes corríamos más que ningún otro día para no correr riesgos de perder el fin de semana. Y corríamos mucho más cuando cruzábamos la puerta a por el autobús que nos llevaba cerca de la estación a la que bajábamos corriendo para no perder el tren y no tener que esperar; y corriendo lejos de nuestras espaldas, siempre.

De entre todas las cosas que no esperas que te puedan suceder mientras vives el maratón, no solo el día de la carrera, sino a lo largo de todo el tiempo desde que brota la idea en la imaginación hasta que rebasas la línea de meta la más inesperada sucedió después de cruzarla… cuando ya has logrado llegar, exhausto, la adrenalina te mantiene eufórico, orgulloso y vivo… al día siguiente los dolores se han apoderado de ti, cada desplazamiento se convierte en algo duro y no hay una parte de tu cuerpo que no parezca reprocharte el exceso del día anterior, también se supera: reduciendo los movimientos, permaneciendo quieto, no… no hay prisa por volver a entrenar y dejas pasar un par de semanas, entonces te pones un día las zapatillas y no tiene sentido salir, no hay una razón para dar zancadas ni patear la calle ni esquivar coches… te sientes extrañado o irreconocible e incapaz…. varios meses con las zapatillas en el mismo lugar, las camisetas en su cajón, el cesto de la ropa sucia vacío, no tienes a quien preguntar porque no sabes qué preguntar… un día abres un libro de los que has utilizado durante los entrenamientos y lees algo que nunca habías leído antes, sintomatología del síndrome postmaratón.

Todos ganamos cuando corremos, Mejorando Nuestra Calidad de Vida!!!

Todos ganamos cuando corremos, Mejorando Nuestra Calidad de Vida!!!

Novela de Miguel del Fresno, Consultor Senior en Marketing & Comunicación Online, Investigación, Monitorización y Gestión de la Reputación Online, Word of Mouth Marketing, Comunidades Privadas de Clientes, Investigación de Tendencias Sociales.

Doctor en Sociología (UNED), DEA y Master en Sociedad de la Información y el Conocimiento (UOC), Executive Master en e-Business (Instituto de Empresa), MBA (Instituto de Empresa), Licenciado en Filosofía (UCM)

Marcela Pensa

Prof. Ed. Fisica, Neurofisiologa

Maratonista

 

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9 de enero de 2011 - Posted by | 42 km, atletismo, De Todo un poco, maraton, Noticias de running | , , , ,

4 comentarios »

  1. Me encantó la síntesis que hiciste!

    Comentario por Nadia | 5 de octubre de 2011 | Responder

  2. Excelente! Me encanto, Yo ya voy por mi 4to maraton.

    Comentario por Ana Laura | 8 de enero de 2012 | Responder

    • Felicitaciones Ana Laura por tu 4ta Maratón, te deseo un Excelente 2012, com muchos logros y más Maratones!!! abrazo

      Comentario por atletismodefondo | 9 de enero de 2012 | Responder


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